El ajedrez es un ejercicio valioso de liderazgo: Quien lo practica, es un General. Y cuenta con oficiales de poderosa jerarquía y con soldados competentes. En la vida es de suma importancia sentirse y ser caudillo del propio presente.
Por Lebb
La vida no es exactamente un ajedrez. No soy rey, ni mi
vecina una reina. Pero mi existencia y la de mi vecina son verdaderos campos de
acción que exigen de nuestras inteligencias determinaciones constantes, para
que funcionen apropiadamente. Sin decisiones no hay acciones. Y sin acciones
somos difuntos. Jugamos ajedrez pensando en firme, proyectando resultados dos, tres,
cuatro movimientos adelante. Alzamos los ojos más allá del primer cajón, porque
el peligro puede estar en el cuadro negro un poco más adelante. Si la decisión
del movimiento es precisa, obtendremos grandes resultados, pero si es
irreflexiva o errada las consecuencias podrían ser funestas.
Deberíamos, sin argumentar demasiado, reconocer en el ajedrez a un maestro efectivo
y ameno que nos adiestra en la labor del
pensamiento preventivo, antes de la acción efectiva; promoviendo por lo tanto
la buena costumbre de pensar bien y pausadamente antes de dar pasos importantes
que afectarán el destino de nuestras propias historias, o por lo menos, provocarán el éxito o el fracaso de proyectos
que escalonan la realización personal.
Es curiosa la actitud
de los principiantes en la disciplina. No saben qué hacer. Miran hacia los
lados como buscando un soplón que decida por ellos. Es cuando uno advierte que
igual les pasa a quienes no se entrenan apropiadamente para utilizar el cerebro
en la toma de las decisiones que los afectarán de una u otra manera: resultan
víctimas fáciles de las jugadas de otros que para mal sí saben utilizar la
cabeza. El aprendiz es cándido y la medida de su pensamiento no supera el
movimiento inmediato de un peón. Cuando aprenda será muy listo y saludablemente
malicioso. Sus pensamientos medirán el riesgo frente a las intenciones
encubiertas del adversario hábil. Destreza fundamental para bandeárselas con
éxito en un mundo tan competitivo como engañoso.
El aprendiz temerá perder fácilmente sus piezas ante su
depredador mental. Pero le servirá de remedio para no ser orgulloso, sino
humilde mientras mejora sus habilidades de juego. Después, cuando ya detecte
las intenciones del oponente con anticipación y, en consecuencia, efectúe movimientos efectivos, su autoestima
estará en la cumbre y su mentalidad será la de un triunfador. Valores muy
importantes para sortear con altas opciones de victoria todo el ejército de
retos que nos plantea la sociedad actual.
Este maestro -o sea
el ajedrez-, nos va enseñando también que habrá momentos duros y difíciles,
habrá que perder piezas costosas o sacrificar de forma aparentemente inútil
otras, dentro de la estrategia general por controlar el tablero. Una lección
inapreciable para no desesperar en la vida cuando perdemos seres extremadamente
valiosos, o cuando, en aras de resultados beneficiosos para el espíritu o para
el desarrollo personal o de la comunidad que nos rodea, nos toca renunciar a
ciertos bienes, a ciertas comodidades legítimas o a ciertos placeres bonitos.
Además de encauzarnos
por las sendas de las decisiones meditadas, nos ejercita también en el arte
difícil de administrar la soledad, porque quien juega ajedrez está realmente solo, a merced de sus
habilidades mentales, de su ingenio personal y de su carácter. Pero esto no
quiere decir que propicie el individualismo o el egocentrismo, sino que exalta
la conciencia de la individualidad. Lección muy significativa en este mundo
inclinado a la masificación o al culto de la personalidad ajena, a despecho de
la identidad particular.
Por lo demás, el
ajedrez un ejercicio valioso de liderazgo. Quien practica el juego, es un
General. Cuenta con oficiales de
poderosa jerarquía y con soldados competentes. En la vida es de suma
importancia sentirse y ser caudillo del
propio presente más que del destino. El ajedrecista está llamado a vivir
intensamente el ahora y no el después. Él sabe que un movimiento falso ahora
será una perdición después. Una enseñanza única, sobre todo para las mentes
juveniles que se la pasan soñando en futuros remotos mientras malogran o
desperdician sus presentes.

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